Frankenstein y Guillermo Del Toro: Del horror a la ternura

Suele decirse que el terror es el género de la angustia, pero Guillermo del Toro siempre ha sabido que, en realidad, tal vez muy en el fondo, es el género de la compasión. Para el cineasta tapatío, los monstruos son “los santos patronos” de los marginados, de los incomprendidos. Esta idea ha sido su dogma desde siempre y con Frankenstein lo comprueba de manera definitiva.

Dejando atrás los jumpscares y la atroz digitalización, esta adaptación del clásico monstruo no nos quiere hacer saltar del asiento: quiere hacernos sentir, quiere hacernos pensar. Que interioricemos lo que está pasando en la pantalla y enfrentemos lo que tengamos que enfrentar.

Para Del Toro, el miedo nunca ha sido el fin, sino el medio para explorar el trauma, el duelo y, en este caso, las relaciones parentales y la orfandad.

Y es que a pesar de que todavía no es muy tomado en serio, el cine de terror tiene maneras mucho más creativas de abordar, entender y comunicar las complejidades de la vida, así como sus vicios, de ahí el despunte del llamado “terror elevado”, por ejemplo, en películas como El legado del Diablo, ¡Huye! o La sustancia.

El rescate de la palabra: ¿Al fin alguien entendió a Mary Shelley?

Durante casi un siglo, el cine se enfocó tanto en provocar sólo sustos que terminó desvirtuando un poco la historia tan revolucionaria de Mary Shelley. Nos vendió un monstruo mudo, un bloque de gruñidos, y sí, funcionó, sobre todo gracias al innegable talento de Boris Karloff en los años 30.

Sin embargo, Guillermo Del Toro, en un acto de justicia literaria —¿y por qué no?, en un acto de cariño y respeto—, viajó al pasado, hasta 1818, a la fuente original, a uno de sus libros favoritos. Así consiguió su mayor acierto: devolverle a la criatura su intelecto.

Aquí el “monstruo” (un Jacob Elordi que trasciende su propia belleza para encarnar pura ternura y dolor) no es un monstruo en realidad: es un ser pensante, sentimental, melancólico, un filósofo incluso.

Lee a John Milton y, citando El paraíso perdido, confronta a su creador, pero no con fuerza, sino con argumentos. 

Después de leer y releer tantas veces a Mary Shelley, Del Toro nos recuerda que el terror no surge sólo de cómo te ves, sino también de demostrar tu inteligencia y tus ideas en un mundo al que le conviene negártelas.

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Si este cineasta nunca ha sido entusiasta de las expresiones básicas y superficiales del género, con Frankenstein nos lleva a reconocer un horror muy cercano, casi íntimo, que nos impacta más porque de cierta manera entendemos al verdugo.

Frankenstein fue primero imaginado por Mary Shelley. La novela se publicó en 1818.

Una película tenebrosa y deslumbrante a la vez

Ésta es una obra que no da miedo como se esperaría, no fue hecha con esa intención, aunque sí es oscura y macabra a su manera. No faltan cadáveres ni sangre, pero éstos no son el corazón de la historia, ni siquiera es explícitamente gore. Simplemente es anatomía. Una ciencia para entender la soberbia obsesiva de alguien que está llegando demasiado lejos. 

El diseño gótico, inspirado en las ilustraciones del legendario Bernie Wrightson, nos brinda a una criatura que evoca el sufrimiento humano. Hay humedad en sus ojos, tensión en sus músculos, muchísimas cicatrices. Está vivo.

Jacob Elordi pasaba cerca de 10 horas transformándose en la criatura de Frankenstein.

La psicología de Frankenstein

En algún punto del tour de la película, Del Toro compartió que hace un tiempo, mirándose en el espejo, miró a su padre. Esto lo desconcertó porque seguía siendo hijo, pero ya también era padre, lo que lo hizo pensar en sus hijas y en la perspectiva que tendrían de él.

¿Cómo ser padre de ellas después de haber vivido lo que vivió como hijo? Con base en esta reflexión, el director de cine, siempre fascinado por las relaciones humanas, no pudo más que pensar, imaginar y crear.

La dinámica entre Victor Frankenstein y la criatura es el espíritu de esta adaptación: Oscar Isaac no actúa como el científico loco cliché —o al menos no es sólo eso—, sino como un narcisista que podría ser perfectamente moderno: un padre que agrede y se aleja en cuanto se da cuenta de que su hijo no cumple sus expectativas.

Al inicio de la película, Del Toro decide dedicarle buena parte al desarrollo de la infancia de Frankenstein, especialmente al contraste entre el cuidado de su madre y la rigidez del padre, y más adelante, el espectador se percata de que esta decisión claro que no es gratuita. Victor se enamora (o tal vez sólo se encapricha) con Elizabeth, una mujer joven, bondadosa, tierna y compasiva interpretada por la única y misteriosa Mia Goth.

Este personaje femenino puede leerse como una figura maternal —no necesariamente romántica— tanto para Victor como para la criatura, pues representa el cuidado que tanto extraña el primero como el cariño que tanto anhela el segundo. Incluso en los colores, los cuales también fueron elegidos delicadamente, en algún momento surge una sincronía entre la madre de Victor y ella.

También como una manera de honrar a la criatura y de expresar esta repetición de patrones en Victor Frankenstein, el cineasta muestra tanto la infancia del científico como la de su creación, pues podemos apreciar cómo ésta nace, crece y aprende. Y sufre. Gracias a esto, se puede apreciar cómo el científico termina siendo igual de irresponsable y negligente que su propio creador.

El “monstruo” también funciona como un espejo, siempre ha sido así: un espejo de la culpa, del poder, de la soledad, del amor imposible. Al mirar la película, nos rodea esa incomodidad. No hay música estridente que la oculte, al contrario: nos conmueve más el sonido del viento escocés y la respiración entrecortada de un ser que no pidió la vida pero que desea amarla y que alguien lo ame igual.

Curiosidades de Frankenstein: el alma de la producción

  • Rechazando la comodidad de la técnica volume (usada, por ejemplo, en The Mandalorian), Del Toro y su equipo viajaron hasta Edimburgo y Glasgow. El frío que sienten los actores y que se nota en su piel, así como el vaho que despiden, es real, no un efecto. 
  • Hubo un cambio de planes al inicio de la filmación: se supone que Andrew Garfield iba a interpretar al monstruo, pero las huelgas de Hollywood redirigieron el camino. Elordi tomó su lugar con un físico pesado, intimidante y torpemente inocente que encajó mejor con la visión de un niño abandonado.
  • Para transformarse, Elordi tenía que pasar alrededor de 10 horas diarias con los maquillistas y el “diseñador de criaturas” Mike Hill.
  • Gracias a las características físicas de la criatura, parece haber un vínculo con el cortometraje mudo de J. Searle Dawley, de 1910, en el que se presenta a un ser hecho de retazos de piel, vestido con harapos y con el cabello y las uñas largas.
  • A pesar de que la película es una producción de Netflix y por lo tanto ya es parte de su catálogo de streaming, fue hecha para apreciarse en el cine, específicamente en IMAX. Además, siendo siempre fiel a su sencillez, Del Toro prefirió la distribución en cines independientes —como La casa del cine, Cine Linterna Mágica o Cinemanía— en lugar de las grandes cadenas.
  • A diferencia de la mayoría de producciones incesantes de streaming, la obra de Guillermo del Toro requirió tiempo y paciencia, y como tal necesitaba su propia banda sonora. Fue creada por el músico francés Alexandre Desplat, quien además de ya haber compartido su talento con el director tapatío (La forma del agua, Pinocho), le ha dado soundtrack a películas icónicas, desde La joven con el arete de perla hasta Harry Potter y las Reliquias de la muerte.

Frankenstein ante las críticas: sensibilidad y conocimiento

A pesar de los reproches que la película ha recibido porque Jacob Elordi es “demasiado guapo” para interpretar a un “monstruo” —una incoherencia para muchos seguidores nostálgicos de Karloff—, Del Toro ha mencionado que lo eligió porque necesitaba a alguien que fuera muy expresivo, sobre todo con la mirada, y Elordi lo logró.

Tal vez por dicha lealtad a Karloff, algunos han cuestionado que la criatura cambiara, que se notara su cabello alargarse, al igual que las uñas. Compartiendo la visión de Del Toro de que los monstruos no nos son necesariamente ajenos, el crecimiento del cabello, de las uñas, e incluso el cambio de sus actitudes y expresiones, representan el crecimiento mismo del personaje, porque para el director no es una cosa que armó el científico: es un ser vivo, y la naturaleza de un ser vivo es evolucionar.

Guillermo del Toro ha comentado que la novela de Frankenstein es su biblia.

Antes de Frankenstein: Un recorrido por el imaginario gótico de Del Toro

  • El laberinto del fauno (2006). Un fascismo tan real y oscuro que se quiere olvidar a través de la fantasía. Un final necesario, hiriente y curativo a la vez.
  • Frankenstein (2025). Es una obra madura, solemne y poética. Menos pop, pero más trascendencia.
  • La forma del agua (2017). La contracara de Frankenstein. Si el novedoso largometraje es sobre el rechazo al otro, aquella es sobre su aceptación.
  • El espinazo del diablo (2001). Una historia de fantasmas donde los vivos son la verdadera amenaza.
  • Pinocho (2022). En palabras del mismo Del Toro, “la animación es cine; la animación no es un género”, y con ella trabajó la misma base de Frankenstein: un padre imperfecto y un hijo complejo, desafiante. Una joya sobre patrones de conducta y mortalidad.

Conclusión: La consagración del monstruo

El Frankenstein de Del Toro es una criatura que simboliza inteligencia, esperanza, dolor y belleza. Es un ser que se vuelve una súplica: que el alma no se pierda entre el ego y la soberbia.

Como los otros Frankenstein de la historia —aunque éste con una inocencia pura, como el de Shelley—, nos hace reencontrarnos con la criatura que nos habita, sola, vulnerable, tierna.

Tal vez gracias al tiempo que se tomó porque es su proyecto de vida, Del Toro estudió, interpretó y comprendió —y ahora nosotros, gracias a él— la lección de Shelley: “la ciencia puede crear vida, pero sólo el alma puede sostenerla”. Sí, quizá es así: la ambición puede disfrazarse de ciencia y de buenas intenciones.

Guillermo Del Toro y su equipo cuentan la historia de Frankenstein con cuidado y respeto, no sólo hacia el pensamiento complejo y maravilloso de Mary Shelley, sino al arte y a la vida misma. La historia de amor que parece surgir, por ejemplo, es para comprobar, de nuevo, la capacidad de sentir.

El también guionista y productor tapatío, en general, ha logrado lo que el cine de horror promete, pero rara vez cumple: inquietarnos, aunque no con explosiones sangrientas o espíritus malignos que se cuelgan en la espalda, sino al reconocer lo que nosotros mismos contenemos y no podemos negar porque lo percibimos, nos afecta a pesar de que vive en la profundidad. Como un monstruo. 

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